sábado, 14 de febrero de 2015

Ese 24 de diciembre

Ese 24 de diciembre
fue realmente extraño
para pasarlo frente al mar
en la costa de Anzoátegui.

Durante todo el día
 se había trabajado mucho
para tener las cosas a punto.
Ustedes saben:
la limpieza de la casa,
una gran ensalada de gallina,
 varios pollos horneados,
se retiró el pan de jamón
previamente encargado en el pueblo,
se guardó hielo en las cavas,
varias cajas de cervezas,
vino frío,
ron y güisqui,
y algo de pastel como postre.
Las hallacas se trajeron de Caracas.

Ya, como  a las ocho de la noche
 Teníamos mucho cansancio
tal vez, por el calor
y la fatiga de moverse
en un clima caliente.

Entonces, cenamos temprano
-cosa muy grata-,
 vestidos con bermudas, franelitas,
los hombres;
 y las mujeres con sus batas guajiras
y sus pantaloncitos playeros.

Fue divinamente diferente
En la tranquilidad de la playa;
Sin traquitrraquis, ni balaceras,
Ni equipos de sonidos escandalosos
Ni el trajín de la sociedad,
Ni las compras en centros comerciales,
Ni las colas, ni el humero de los vehículos,
 ni el mierdero de siempre.

Entonces, cenamos en un  ambiente de compartir
Como pocas veces en la vida
Con mucho silencio, palabras intensas,
 Conversaciones, Cantos,
y hasta bailamos debajo de una churuata
mientras empinábamos el codo y miábamos en la arena
como perros realengos.



A las doce de la noche
Nos fuimos a la orilla del mar,
Y nos dimos un baño
 bajo la luz de la luna;
el agua estaba tibia
y con todos adentro
no provocaba salir de allí,
entonces,
llegó a botella de güisqui
y los vasos con hielo y  agua de coco
para amenizar una conversación de grupo
en una rondalla que se movía con as olas.

Yo decidí salirme
Y me fui a la churuata
Para atender a unos vecinos
Que venían a desear feliz navidad
Y echarse un palo brindado,
Cosa que se dio muy bien
Cantando aguinaldos
Y siguiendo los acordes de un cuatro
Que ya estaba borracho

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